El Comandante Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana,
envió este lunes una carta la Federación Estudiantil Universitaria de la isla;
en donde manifestó sus impresiones sobre los acercamientos diplomáticos entre
el Gobierno nacional y Estados Unidos.
"No confío en la política de Estados Unidos ni he
intercambiado una palabra con ellos, sin que esto signifique, ni mucho menos,
un rechazo a una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra"
cita parte del documento.
En ese sentido Fidel asegura que la defensa de la paz
"(...) es un deber de todos.Cualquier solución pacífica y negociada a los
problemas entre Estados Unidos y los pueblos o cualquier pueblo de América
Latina, que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza, deberá ser tratada
de acuerdo a los principios y normas internacionales".
De igual forma ratificó que la política de Cuba está
orientada hacia "la cooperación y la amistad con todos los pueblos del
mundo y entre ellos los de nuestros adversarios políticos. Es lo que estamos
reclamando para todos".
Respecto a la diplomacia cubana, confía en que hará todo lo
necesario para que sean exitosas: "El Presidente de Cuba ha dado los pasos
pertinentes de acuerdo a sus prerrogativas y las facultades que le conceden la
Asamblea Nacional y el Partido Comunista de Cuba".
En el contexto internacional el líder considera que:
"Los graves peligros que amenazan hoy a la humanidad tendrían que ceder
paso a normas que fuesen compatibles con la dignidad humana. De tales derechos
no está excluido ningún país".
A continuación la carta íntegra:
Queridos compañeros:
Desde el año 2006, por cuestiones de salud incompatibles con
el tiempo y el esfuerzo necesario para cumplir un deber —que me impuse a mí
mismo cuando ingresé en esta Universidad el 4 de septiembre de 1945, hace 70
años—, renuncié a mis cargos.
No era hijo de obrero, ni carente de recursos materiales y
sociales para una existencia relativamente cómoda; puedo decir que escapé
milagrosamente de la riqueza. Muchos años después, el norteamericano más rico y
sin duda muy capaz, con casi 100 mil millones de dólares, declaró ―según
publicó una agencia de noticias el pasado jueves 22 de enero—, que el sistema
de producción y distribución privilegiada de las riquezas convertiría de generación
en generación a los pobres en ricos.
Desde los tiempos de la antigua Grecia, durante casi 3 mil
años, los griegos, sin ir más lejos, fueron brillantes en casi todas las
actividades: física, matemática, filosofía, arquitectura, arte, ciencia,
política, astronomía y otras ramas del conocimiento humano. Grecia, sin
embargo, era un territorio de esclavos que realizaban los más duros trabajos en
campos y ciudades, mientras una oligarquía se dedicaba a escribir y filosofar.
La primera utopía fue escrita precisamente por ellos.
Observen bien las realidades de este conocido, globalizado y
muy mal repartido planeta Tierra, donde se conoce cada recurso vital depositado
en virtud de factores históricos: algunos con mucho menos de los que necesitan;
otros, con tantos que no hallan que hacer con ellos. En medio ahora de grandes
amenazas y peligros de guerras reina el caos en la distribución de los recursos
financieros y en el reparto de la producción social. La población del mundo ha
crecido, entre los años 1800 y 2015, de mil millones a siete mil millones de
habitantes. ¿Podrán resolverse de esta forma el incremento de la población en
los próximos 100 años y las necesidades de alimento, salud, agua y vivienda que
tendrá la población mundial cualquiera que fuesen los avances de la ciencia?
Bien, pero dejando a un lado estos enigmáticos problemas,
admira pensar que la Universidad de La Habana, en los días en que yo ingresé a
esta querida y prestigiosa institución, hace casi tres cuartos de siglo, era la
única que había en Cuba.
Por cierto, compañeros estudiantes y profesores, debemos
recordar que no se trata de una, sino que contamos hoy con más de cincuenta
centros de Educación Superior repartidos en todo el país.
Cuando me invitaron ustedes a participar en el lanzamiento
de la jornada por el 70 aniversario de mi ingreso a la Universidad, lo que supe
sorpresivamente, y en días muy atareados por diversos temas en los que tal vez
pueda ser todavía relativamente útil, decidí descansar dedicándole algunas
horas al recuerdo de aquellos años.
Me abruma descubrir que han pasado 70 años. En realidad,
compañeros y compañeras, si matriculara de nuevo a esa edad como algunos me
preguntan, le respondería sin vacilar que sería en una carrera científica. Al
graduarme, diría como Guayasamín: déjenme una lucecita encendida.
En aquellos años, influido ya por Marx, logré comprender más
y mejor el extraño y complejo mundo en que a todos nos ha correspondido vivir.
Pude prescindir de las ilusiones burguesas, cuyos tentáculos lograron enredar a
muchos estudiantes cuando menos experiencia y más ardor poseían. El tema sería
largo e interminable.
Otro genio de la acción revolucionaria, fundador del Partido
Comunista, fue Lenin. Por eso no vacilé un segundo cuando en el juicio del
Moncada, donde me permitieron asistir, aunque una sola vez, declaré ante jueces
y decenas de altos oficiales batistianos que éramos lectores de Lenin.
De Mao Zedong no hablamos porque todavía no había concluido
la Revolución Socialista en China, inspirada en idénticos propósitos.
Advierto, sin embargo, que las ideas revolucionarias han de
estar siempre en guardia a medida que la humanidad multiplique sus
conocimientos.
La naturaleza nos enseña que pueden haber transcurrido
decenas de miles de millones de años luz y la vida en cualquiera de sus
manifestaciones está siempre sujeta a las más increíbles combinaciones de
materia y radiaciones.
El saludo personal de los Presidentes de Cuba y Estados
Unidos se produjo en el funeral de Nelson Mandela, insigne y ejemplar
combatiente contra el Apartheid, quien tenía amistad con Obama.
Baste señalar que ya en esa fecha, habían trascurrido varios
años desde que las tropas cubanas derrotaran de forma aplastante al ejército
racista de Sudáfrica, dirigido por una burguesía rica y con enormes recursos
económicos. Es la historia de una contienda que está por escribirse. Sudáfrica,
el gobierno con más recursos financieros de ese continente, poseía armas
nucleares suministradas por el Estado racista de Israel, en virtud de un
acuerdo entre este y el presidente Ronald Reagan, quien lo autorizó a entregar
los dispositivos para el uso de tales armas con las cuales golpear a las
fuerzas cubanas y angolanas que defendían a la República Popular de Angola
contra la ocupación de ese país por los racistas. De ese modo se excluía toda
negociación de paz mientras Angola era atacada por las fuerzas del Apartheid
con el ejército más entrenado y equipado del continente africano.
En tal situación no había posibilidad alguna de una solución
pacífica. Los incesantes esfuerzos por liquidar a la República Popular de
Angola para desangrarla sistemáticamente con el poder de aquel bien entrenado y
equipado ejército, fue lo que determinó la decisión cubana de asestar un golpe
contundente contra los racistas en Cuito Cuanavale, antigua base de la OTAN,
que Sudáfrica trataba de ocupar a toda costa.
Aquel prepotente país fue obligado a negociar un acuerdo de
paz que puso fin a la ocupación militar de Angola y el fin del Apartheid en
África.
El continente africano quedó libre de armas nucleares. Cuba
tuvo que enfrentar, por segunda vez, el riesgo de un ataque nuclear.
Las tropas internacionalistas cubanas se retiraron con honor
de África. Sobrevino entonces el Periodo Especial en tiempo de paz, que ha
durado ya más de 20 años sin levantar bandera blanca, algo que no hicimos ni
haremos jamás.
Muchos amigos de Cuba conocen la ejemplar conducta de
nuestro pueblo, y a ellos les explico mi posición esencial en breves palabras.
No confío en la política de Estados Unidos ni he
intercambiado una palabra con ellos, sin que esto signifique, ni mucho menos,
un rechazo a una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra.
Defender la paz es un deber de todos. Cualquier solución pacífica y negociada a
los problemas entre Estados Unidos y los pueblos o cualquier pueblo de América
Latina, que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza, deberá ser tratada
de acuerdo a los principios y normas internacionales. Defenderemos siempre la
cooperación y la amistad con todos los pueblos del mundo y entre ellos los de
nuestros adversarios políticos. Es lo que estamos reclamando para todos.
El Presidente de Cuba ha dado los pasos pertinentes de
acuerdo a sus prerrogativas y las facultades que le conceden la Asamblea
Nacional y el Partido Comunista de Cuba.
Los graves peligros que amenazan hoy a la humanidad tendrían
que ceder paso a normas que fuesen compatibles con la dignidad humana. De tales
derechos no está excluido ningún país.
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